Los que hemos recibido la gracia de presidir una comunidad cristiana, tenemos unos colaboradores muy singulares en la liturgia: los monaguillos, niños y niñas que van creciendo en la fe y el servicio a la iglesia en estrecha relación con la figura del sacerdote.

En casi todas nuestras parroquias tenemos a niños sirviendo en el altar y la verdad, lo hacen con un sentido de responsabilidad y devoción digno de admiración. Si se les da el debido acompañamiento, con este servicio los niños aprender a ser puntuales y ordenados, se vuelve hábiles, adquieren un buen sentido del humor y, sobre todo, aprenden que Dios es el centro de su vida.

Tengo la imagen de un encuentro europeo de monaguillos en la plaza de San Pedro en Roma en tiempos de Juan Pablo II. Me parece que era en 1990. En la Europa secularizada, habia miles de niños entusiasmados para escuchar las palabras del Santo Padre. Me llamó poderosamente la atención. Años después, Juan Pablo II pidió a las comunidades parroquiales, y en particular a los sacerdotes, que presten una mayor atención a los monaguillos, niños y jóvenes que ayudan en el servicio al altar, pues constituyen un «vivero de vocaciones sacerdotales».

«Cuidad especialmente de los monaguillos, que son como un «vivero» de vocaciones sacerdotales», explica el Papa en la misiva de 2004 que escribe a los presbíteros del mundo en el Jueves Santo, en la que se celebra la institución de la Eucaristía y el sacerdocio en la última cena. «El grupo de acólitos, atendidos por vosotros dentro de la comunidad parroquial, puede seguir un itinerario valioso de crecimiento cristiano, formando como una especie de pre-seminario».

Muchos escolapios adultos fueron en su día monaguillos en la parroquia o la iglesia del colegio. Allí conocieron de cerca religiosos escolapios con los que tuvieron una relación personal y cordial que se mantuvo en el tiempo.

Desde la pastoral vocacional de nuestra presencia de Carora, entendemos que la pastoral de monaguillos puede ser un “semillero” de vocaciones escolapias si somos capaces de combinar el amor por el servicio, la devoción a la Eucaristía y por supuesto, el conocimiento de Calasanz.

Estamos comenzando, pero tenemos la convicción de que la experiencia dará sus frutos.

P. Javier Alonso, Sch. P.

 

 

 

Parroquias Escolapias
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