Jesús Maestro, modelo para Calasanz

Reflexión para el día calasancio

(Fernando Negro Marco, Sch.P.)


  1. JESUS LECTOR

Jesús fue enseñado por sus padres como un niño judío cualquiera de su tiempo, en Nazaret. San José de Calasanz, en la hermosa oración por él compuesta, ‘La Corona de las Doce Estrellas’, lo dice clara y sucintamente: “Alabado sea el Hijo de Dios porque quiso ser educado por María en su infancia”. Aunque el acento es puesto en María, naturalmente José jugó su parte esencial.

¿Qué le habrían enseñado sus padres?

  • La historia de la salvación
  • Le habrían aportado el testimonio de una vida religiosa transparente y sólida
  • Una vida de piedad religiosa judía que comportaría el aprender de memoria ciertas oraciones y rituales
  • Las prácticas del ayuno y la limosna
  • La belleza de saber abandonarse al Misterio que es siempre mayor que nosotros
  • Lo habrían llevado cada año al templo de Jerusalén
  • Y, sobre todo, lo habrían arropado con su cariño de padres por el que Jesús vislumbraba la maravilla del Amor de su Padre Celestial.

Jesús aparece leyendo en la sinagoga de Nazaret:

“Vino a Nazaret, donde se había criado y, según costumbre, entró el día del sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron un libro del profeta Isaías, y desenrollándolo dio con el pasaje donde está escrito:el Espíritu del Señor esta sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Señor’…”[1]

Ante la mirada atenta de todos, Jesús dice que “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.” Sin duda ninguna Jesús valoró la cultura de su pueblo y de su tiempo, aprendió los rudimentos de la lectura, la escritura y el cálculo, que son los rudimentos básicos que Calasanz quería que todos, especialmente los niños pobres, aprendieran desde la más tierna infancia.

El hecho de que Nazaret estuviera situada en la provincia de la llamada ‘Galilea de los gentiles’, por su falta de heterodoxia judía al estar entremezclada con otras culturas, favoreció que Jesús hubiera ensanchado su capacidad inclusiva y seguramente aprendió, además del hebreo, el arameo, el griego, e incluso el latín. Cuando aprendemos a leer, aumenta en nosotros la pasión por seguir aprendiendo.

La lectura continua, hecha hábito permanente, ilumina la inteligencia y la hace sabia. Además, fortalece el corazón mientras lo entrena para que sea gradualmente más capaz de amar. Deberíamos aprender de Galileo Galilei, por quien Calasanz tenía una gran admiración: mientras tenía un ojo puesto en el telescopio (la ciencia), el otro lo tenía puesto en la Palabra (la fe como experiencia de Dios).

Leer mucho y de manera asimilada es como conectarse con el universo entero. A través de la lectura adquirimos información que, asimilada nos va formando y conformando con una escala nueva de valores. Y así quedamos transformados, hechos personas nuevas que contribuyen a la transformación del mundo por medio de la gracia que actúa en nosotros y a través de nosotros.

“La Palabra se hizo humana, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria”[2] Para Jesús la palabra no es un elemento objetivable que se separa del yo personal, sino que se identifica con el ser real y profundo. Por eso mismo enseña en el sermón del monte que no hay que hablar mucho para ser escuchados por Dios, ni ser elaborados en el decir las cosas a los demás. “Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no. Todo lo que pasa de esto procede del mal.”[3]

Jesús usó la palabra, fue la palabra que hablaba y actuaba poniendo recto lo que estaba torcido, y llenando de luz lo que estaba oscurecido y enturbiado a fuerza de la ignorancia y la maldad.

Toda palabra que sale de dentro, con la fuerza de la convicción, desarrolla una corriente de energía que a nadie deja indiferente. Para ello se requiere la humildad, que es la virtud que nos sitúa en la realidad de lo que somos, sin apariencias. Es entonces cuando, como Jesús, leemos libros, artículos, etc., pero sobre todo leemos los signos de los tiempos a través de los cuales se escribe la sabiduría de Dios en la historia humana.

Calasanz invitaba en sus cartas a que los escolapios sean auténticos en lo que enseñan y predican:

“Si desea hacer fruto en la predicación, es necesario que sea muy humilde. De otro modo, son palabras sin espíritu, que no conmueven.”[4]

“Aquellos sacerdotes que predican en la Iglesia practiquen algunos ejercicios de humildad. Para que no aumente en ellos la propia estima, viendo que producen en el prójimo mayor fruto externo. Que podría ser que el fruto del prójimo procediese más de la oración de los otros que del trabajo de ellos.”[5]

Poder leer es un instrumento que abre la mente a posibilidades infinitas de autonomía personal. Por eso la familia Calasancia se siente honrada de ser la pionera en la tarea de comenzar desde la infancia el empeño de la educación:

“Dios quiera que entendiesen todos de cuánto mérito es ayudar a la buena educación de los niños, principalmente pobre, que de seguro se emularían para ver quién podría ayudarles más. Y halarían gran facilidad y consuelo en sus acciones. Porque el amor facilita el trabajo, y más cuando nuestro amor a Dios se refleja en el prójimo.”[6] “Debe estar lejos de nosotros meter la hoz en mies ajena. No sería poco saber humillarnos hasta la capacidad de los que educamos, a cuya instrucción nos ha enviado la santa Iglesia.”[7]

Es indiscutible que la espiritualidad Calasancia pasa por la pasión pedagógica que consiste en la pasión artística de querer formar seres humanos a imagen de quien los creó: libres, amorosos, conectados con la verdad, apasionados por su propio crecimiento, críticos ante sí mismos y lo que les rodea, apasionados por el Reino.

Calasanz es el primero en crear una escuela cristiana bien organizada, bien graduada en nueve niveles, comenzando por los chiquitines a quienes se les enseñaba a hacer la señal de la cruz y a identificar de manera individualizada las letras del alfabeto:

“se tiene colgado un cartelón con el alfabeto, de caracteres bastante grandes, y el maestro va señalando con el puntero, una por una, las letras”[8]

Una vez cimentado este aprendizaje, el alumno pasaba al segundo nivel, a la clase llamada de lectura. El objetivo era introducir a los alumnos a la lectura básica, comenzando por el salterio. Y de este nivel se pasaba al tercero, que consistía en leer ya con libros normales.[9]

Terminamos esta parte con un comentario basado en la Sagrada Escritura: todo lo creado sale de la energía creadora de la palabra de Dios, tal y como aparece en el Génesis. Jesús es la Palabra que nos ha recreado por medio de su encarnación. Por tanto, también en nosotros, para bien o para mal, la palabra tiene un poder enorme. Depende del uso que hagamos de la palabra crearemos en nosotros y en los demás un mundo hermoso o feo.

  1. JESÚS ESCRITOR

Al hilo de esta reflexión, nos centramos en el valor del Jesús escritor. No dudamos que Jesús supiera escribir, sin embargo, no disponemos de ningún escrito acreditado como suyo. Solamente hay una instancia en la que el evangelio dice claramente que “Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.”[10] Escribía sobre el suelo mientras escribas y fariseos le miraban agonizantes por la respuesta que pudiera dar acerca de apedrear o no a la mujer adúltera que estaba ahí, en el pelotón de la muerte.

¿Qué escribió Jesús? Nadie lo sabe. Pero una cosa es cierta: aquella escritura silenciosa, pausada y comedida, le dio las fuerzas para proclamar el contenido de lo escrito: “El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra.”[11]De la escritura de Jesús sobre el suelo nace la palabra que expresa misericordia y compasión.

Podemos encontrar una relación justificada entre el gesto de Jesús escribiendo sobre el suelo (humus) desde el cual surge la palabra que justifica, perdona y libera (“Vete en paz y no peques más”), y la narración de la creación del hombre, hecho de barro o arcilla (humus), insuflado por el Espíritu de Dios que le da la vida.[12]

Jesús no escribió tratados, pero su vida y sus gestos eran el texto en el que todos leían el mensaje de vida de parte de Dios, su Padre. Quizás por eso el evangelio de Juan acaba así: “Muchas otras cosas hizo Jesús que, si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros.” (Jn 21, 25)

Jesús no escribió mucho, y sin embargo todo el Antiguo Testamento y el Nuevo también lo tienen como referencia permanente. Cuando Jesús Resucitado camina como amigo con los dos discípulos de Emaús, el evangelista Lucas dice que “Jesús, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a Él se refería en todas las Escrituras.”[13]

La escritura nos ayuda a conectarnos con la profundidad de nuestro ser real, con el ADN espiritual que, una vez descubierto y explorado, nos puede transformar si lo activamos convenientemente. Y así ayudamos a transformar la realidad circundante.

Calasanz encontró oposición precisamente porque había entre los poderosos, dentro y fuera de la Iglesia, gente que hacía presión para destruir su Orden, pues veían en la educación de los pobres el peligro de que sus seguridades, montadas sobre la ignorancia de muchos, acabasen definitivamente.

“Los niños pobres no deben ser abandonados constituyendo, como se ha dicho, la gran mayoría de la república cristiana y habiendo sido redimidos ellos también con la sangre preciosa de Jesucristo y tan apreciados por el Señor que dijo haber sido enviado al mundo por su eterno Padre para enseñarles: Evangelizare Pauperibus misit me.”[14]

Calasanz enseñaba a escribir a sus alumnos y además con buena caligrafía, pues era la mejor plataforma para que al acabar los años en la escuela, los jóvenes pudieran encontrar trabajo en la sociedad como amanuenses.

“Quisiera que esos Hermanos tuviesen particular talento para escribir y el ábaco, porque son más estimados en todas partes y pueden hacer mayor provecho en los escolares; pues de ordinario un buen calígrafo y un abaquista atraen a sí a las gentes.” (Al P. Juan Cananea. Roma, 11/09/1624; c. 248)

La persona que sabe leer un texto, entiende mejor que nadie que su vida es el mejor texto donde los demás leen los valores que le mueven. Sin embargo, existen en el mundo millones de niños sin escuela, metidos en la cárcel más cruel, la de la ignorancia y el analfabetismo, que consiste en la incapacidad para la lectura y la escritura.

Sin ambas herramientas es imposible la articulación del pensamiento en aras al desarrollo humano tanto personal como de la vida de un pueblo. En las culturas de tradición oral, la muerte de un anciano es equiparable a la destrucción de una gran biblioteca, pues con él desaparece la memoria histórica de una cultura particular.

Hubiera sido hermoso tener algunos de los escritos que seguramente Jesús de Nazaret escribió. De todos modos, hay algo más hermoso: la fe nos abre a la Palabra escrita en nuestros corazones y esa Palabra es Él que en todo momento nos dicta el camino a seguir de acuerdo a la voluntad de Dios.

  1. JESUS ARITMÉTICO Y MATEMÁTICO

Los números aparecen en muchas de las parábolas que Jesús contaba a la gente. En todas ellas se da una exageración tal que desdibuja la imagen de un Dios “matemáticamente justo”, en favor de un Dios que es pura misericordia y compasión.

¿Cómo es posible que quien trabajara sólo una hora reciba el mismo salario del que lo hizo todo el día bajo la inclemencia del sol? 

¿A qué pastor responsable se le ocurre dejar 99 ovejas solitas en el establo mientras va en busca de una que se había perdido?

¿Perdonar sólo sietes veces? No, setenta veces siete, es decir ¡siempre!

¿A quién se le ocurre recoger a un extranjero enemigo tumbado en la calle para llevarlo a una fonda, pagar todo de antemano, y volver otra vez a pagar los posibles gastos futuros?

¿Cómo es posible que un rey llegue a perdonar nada menos que diez mil talentos a una familia, cuando el cabeza de esa familia no pudo perdonar ni siquiera cien denarios?[15]

Podríamos seguir con más ejemplos. De momento es suficiente. La conclusión a la que llegamos es que las matemáticas de Dios no son las nuestras, ¡gracias Dios! Jesús relativiza el valor del dinero, porque a Él le interesa la persona, el valor del corazón. Y en aras a este presupuesto, Jesús usa el género literario de la exageración para manifestar que el verdadero señorío de Dios no está en la cantidad, sino en la vulnerabilidad de su misericordia en contacto con la vulnerabilidad del que se sabe pecador y necesitado.

Saber contar, usar el raciocinio aritmético, es algo importante para situarse en la vida con la debida perspectiva. Y sin duda alguna Jesús era una persona bien asentada en sí mismo, lejos de toda ilusión. Vivía la realidad de la gente y sabía lo que significaba el trabajo manual, pues lo aprendió de su padre y de su madre, quienes contaban bien los dracmas, denarios y céntimos que ganaban y ahorraban. De hecho, cuando Jesús es presentado en el templo “le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos pichones.”[16] Lo cual era signo claro de pobreza familiar.

Pero aún sabiendo contar y calcular, Jesús usa las matemáticas de la misericordia y la compasión, que desbordan todo cálculo humano. La matemática nos ayuda a analizar, sistematizar y comprender con sentido de distribución sistemática lo que vamos descubriendo en el mundo. En este proceso de armonización interior y exterior, vamos descubriendo e integrando ciertos valores que están siempre por encima de lo puramente material y materialista.

Calasanz intuyó que las tres bases fundamentales del conocimiento, y por ende del progreso humano, son la lectura, la escritura y las matemáticas. Y no escatimó recurso alguno para hacer que la vida de los niños más pobres, quedasen asentadas en ellas, aunque el acento lo ponía en la experiencia de Dios, en conocer, amar y servir a Dios; algo que sintetizaba con la palabra “Piedad”, mientras que el trío anterior quedaba definido como “Letras”.

Jesús de Nazaret contaba, y sumaba, y restaba, y al final se quedaba con la exageración del amor y la misericordia del padre. Pero quería que todos supieran, y cuanto más, mejor. Por eso enseñaba en parábolas, para que se enterase el último de la fila.

Es lo que hizo José de Calasanz: comenzó por los últimos, los niños; y además asegurándose de que fueran los más pobres. Todo regalo que viene de Dios requiere la inclusividad exagerada. Como hizo el rey de la parábola que llamó a sus servidores a salir a las plazas y cruces de caminos para invitar a los pobres y desvalidos.

Calasanz quería una escuela de pobres y para los pobres. Quería que los Escolapios fuéramos “Pobres de la Madre de Dios”, y que nos dedicáramos preferentemente a los más pobres. “Procure hacerse siempre más apto para enseñar a los pobres caligrafía y aritmética, y también el santo temor de Dios. Y no se cuide de admitir en su escuela más alumnos mayores, sino de atender a los pobres.”[17]

Como Jesús pobre que ganaba su sustento ayudando en la carpintería de su padre José, los niños de la escuela de Calasanz debían aprender la aritmética porque les abre caminos insospechados para el trabajo:

 “No me podrá hacer usted cosa más grata que enseñar con toda diligencia la aritmética al P. Ignacio y a cualquier otro de los nuestros, si lo hay que quiera aprender. Use toda diligencia, porque esta ciencia y su enseñanza es muy útil para los pobres, que no tienen dinero para vivir sin trabajar.” (DC 1322; 26/101641)

Para nada se contrapone la comprensión matemática a la aceptación del misterio sorprendente y apabullante de la exageración de la misericordia divina. Por el contrario, contar con la precisión aritmética abre al ser humano al asombro de lo que no se puede contar, medir, o pesar, porque pertenece, a la vez, al más allá de la persona que a su vez está en su más profundo centro.

He ahí otro reto maravilloso que la persona que educa al estilo Calasancio está llamada a armonizar, como lo hizo Jesús y como lo vivió Calasanz. Todo conocimiento, por logrado y amplio que sea, siempre nos deja a la orilla de un horizonte infinito al que llamamos ‘misterio’. Hacia él nos dirigimos sobre la única embarcación que puede llevarnos: la de la fe.

El dominico Tomaso Campanella (1568-1639), amigo de Calasanz y aliado de la empresa educativa de las Escuelas Pías, es contundente contra esta mentalidad:

“Aristóteles priva de la filosofía a los agricultores y demás trabajadores mecánicos, como esclavos de la república, lo cual no es solamente cruel, sino impío y bestial, porque rebaja, abate, deja en las tinieblas al género humano y lo reduce a la condición de las bestias. De todo lo cual hay que concluir que los miembros y preceptores de las Escuelas Pías pueden adquirir todas las ciencias, enseñarlas y difundirlas; también ellos son de la Iglesia de los justos e hijos de la Sabiduría.”[18]


[1] Lc 4, 18-19

[2] Jn 1, 14

[3] Mt. 5, 36

[4] DC 460; 26/08/1634

[5] DC 459; 29/09/1638

[6] DC 1120; 15/05/1638)

[7] DC 1236; 20/08/1636

[8] Documento Base de la Pedagogía Calasancia, “Documentum Princeps” (1610)

[9] Calasanz organizó los nueve grados de la estructura escolar comenzando por el grado noveno para acabar con el primero

[10] Jn 8, 6

[11] Jn 8, 7

[12] Gen 2, 7

[13] Lc 24, 27

[14] José de Calasanz, “Exposición Defendiendo el Derecho de los Pobres a la Educación” (1645)

[15] Para hacernos una idea, un talento era como el salario mensual de un jornalero, mientras un denario era el jornal que se daba diariamente al jornalero. Haga el lector cálculo y verá la exageración que usa Jesús

[16] Lc 2, 22-24

[17] DC 1421; 25/07/1634)

[18] Tomaso Campanella, “Libro Apologético Contra los Impugnadores de las escuelas Pías” (1631)