San José de Calasanz, maestro de oración

P. Federico Ávila Piña

Párroco Nuestra Señora del Carmen. PONCE (Puerto Rico)


A San José de Calasanz, se le conoce como un gran educador. Además, de escribir cartas y corregir trabajos de los alumnos, dedicaba tiempo a la oración, pues en ella encontraba la fuerza para realizar el trabajo agotador de atender a los niños en la escuela y las responsabilidades propias de la vida comunitaria. Decía que «Sin el cultivo de la oración toda Religión (Instituto religioso) está próxima a su relajación y desmoronamiento, pues, el más exquisito cuidado en no quebrantar nunca la costumbre de orar internamente dos veces al día: una hora al amanecer y media al atardecer, antes de la cena» (CC, 44).

En la oración vivía su encuentro con Dios, la experiencia del amor y gracia con su Señor, también la vivía con los niños, no solo porque lo recibido en la oración lo desplegaba en la acción pedagógica, escolar y educativa, sino porque el mismo hacia oración con los niños, iniciándolos y acompañándolos en la relación orante con el Señor.

En el extenso epistolario calasancio como en otros escritos se pueden encontrar algunas frases que muestran diversas características de la oración expresando la propia experiencia del Santo. Que bien se puede desarrollar un tema específico de la oración por ejemplo:

Cristo como objeto de la oración: Calasanz en sus Constituciones prescribió: «en profundo silencio y sosiego del espíritu, de rodillas o en otra postura conveniente, nos esforzamos a ejemplo de san Pablo, en contemplar e imitar a Cristo crucificado y los distintos pasos de su vida. El será nuestro frecuente recuerdo durante el día» (CC, 44). La oración es por Cristo y en Cristo.

La oración como lugar de la misericordia: Para San José de Calasanz, la oración era un lugar de misericordia, era un tiempo en el que recibir el amor misericordioso de Dios, que después se ha de entregar al prójimo, a los niños en la escuela y a los hermanos de comunidad. Calasanz escribe: «Si hacéis oración, exponiendo el Santísimo Sacramento, veréis la misericordia del Señor en esa casa» (Ep. 72). Misericordia recibida en la oración para derramarla en la acción, sin que entre ambas realidades haya una dicotomía que termine falseando la espiritualidad. «Bien aventurado quien sepa orar y, con la gracia eficaz lograr de nuestro Juez la remisión de los pecados y la abundancia de gracia» (Ep. 1755).

La oración como fuerza para el combate: Diariamente se libran combates contra las adversidades, externas, contra las tentaciones internas que se van presentando; por tanto es necesario estar fortalecidos con la oración, para combatir a diario el gran combate de la fe (cf. 1 Tim 6, 12) revestidos con la armadura de Dios y abrazando las armas de la luz (cf. Ef 6, 10-20), entre las cuales la más necesaria y eficaz  es la oración. Por ello Calasanz advierte que quien «no sabe hacer oración  es como un hombre desarmado, que pueden herirle por todas partes» (Ep. 2974).

No se va a la guerra sin armas y aunque en el combate de cada día nos llegamos a sentir desproporcionados  en estatura y fuerza, confiando en el Señor, nos lanzamos a la batalla y saltamos el muro de las dificultades. Dice Calasanz «es el modo de proceder de Dios, que con debilidades derriba fortalezas» (Ep. 2006), asi que toda jornada, toda tarea debe ir acompañada de la oración. «Las cosas realizadas sin que les preceda aquella oración que convendría, suelen originar arrepentimientos fastidiosos» (Ep. 827).

La oración como fuente de paz interior. La paz interior es la certeza de saberse amado por Dios. Solo la oración pacifica un corazón. Así escribe Calasanz a un religioso: «Le exhorto cuanto se y pueda cuanto se y puedo a que no pierda la paz por ningún acontecimiento, por grave que sea. Procure, más bien conservar siempre su corazón unido a Dios, recurriendo a la oración cuando más turbado esté. Que suele entonces el Señor calmar la tempestad del mar» (Ep. 826)

La oración como remedio para la aridez espiritual. Para Calasanz, quien «no sabe hacer oración mental es como un cuerpo sin alma. Poco a poco comienza a dar mal olor» (Ep. 664).

La oración como fecundidad misionera. El celo apostólico es en la oración donde encuentra su alimento y su incremento. El celo por anunciar el Evangelio crece si la oración no decrece. Calasanz exhorta a todos los religiosos «a ser muy diligentes en el apostolado con los alumnos, lo cual se hace con gran provecho mediante la oración». A un anciano que ya no podía ser tan productivo en la escuela como un joven, le dice: «yo aprecio tanto la oración que hace en la habitación como el trabajo de la escuela» (Ep. 56). Más todavía está convencido de que ante las dificultades en la educación de los niños, donde no se puede llegar con la acción, se llega con la oración: «No pudiendo ayudar de otro modo, supliré con la oración» (Ibid).

Miguel Ángel Asiain,  afirma que Calasanz se acostaba tarde y se levantaba temprano para orar y preparar todo lo necesario  para las escuelas de los niños. Dios y los niños eran sus dos grandes amores.

San José de Calasanz era una persona activa dedicada al trabajo arduo, pero también dedicaba momentos importantes a la contemplación y a la oración, era un hombre contemplativo en la acción.